Otro ejemplo más, y qué bueno, de cómo se puede hacer una gran película sin un solo efecto especial. La Mujer del Cuadro es una muy entretenida historia contada por ese maestro del suspenso (puede argüirse que uno de los padres de este género en el cine) llamado Fritz Lang. Sí, el mismo de Metrópolis y de M.
Se trata de una historia con una buena dosis de entresijos, bien pensada y bien contada, muy lineal y coherente. Si bien no se puede decir que es la obra maestra de Lang (M lo es, en mi opinión), sí es sin duda, una muy buena película, de ésas cuya trama te va envolviendo imperceptiblemente.
¿Qué pasa cuando se deja seducir el alma de un hombre casado por el coqueteo furtivo de una bella mujer? Todo puede suceder. A veces el más pequeño e inocente desliz puede traer funestas consecuencias, y puede terminar la "inocente" víctima en "tremendo problema" al que nadie lo llamó nunca. Uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde, dice el refrán, y así es. Mas, también es cierto que "uno no sabe lo bien que está sin algo hasta que se le da", o en otras palabras, "Ten cuidado con lo que pides, porque puede ser que te lo concedan".
Personajes bien logrados, historia clara y entretenida, buena dirección (es Fritz Lang; no se puede pedir mucho más) y una dosis de angustia y misterio electrizantes hacen de esta una muy entretenida película. 9/10.
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lunes, 3 de septiembre de 2012
jueves, 26 de agosto de 2010
M (1931) Cuando nació el suspenso (10/10)

...cuando nació el suspenso "con sonido", debería ser el título. El grande, grandísimo, inconmensurable Fritz Lang entra al mundo del cine sonoro, que estaba recién nacido en el '31 (apenas hacía cuatro años antes había salido el, ahora censurado "El cantante de jazz" (the Jazz singer), que fue la primera película con sonido sincronizado). Si Lang había hecho una obra de arte del misticismo religioso y la ciencia ficción (con Metrópolis, de la que ya hablé hace unos meses), ahora se vendría con todas sus fuerzas con un extraordinario filme de suspenso y debate moral. ¿Su nombre? "M". Si, "M", la letra "M", nada más. M, de "Mörder" (asesino, en alemán).

M es la primera película sobre asesinos en serie y también una de las primeras en usar un leitmotif, es decir, una música asociada a un tema, en este caso a un personaje (como pasa en Indiana Jones con el personaje epónimo, Star Wars con Darth Vader y su marcha imperial, en La Noche del Cazador con "Leaning..." y muchas otras películas).

A diferencia de las películas de asesinos en serie que le siguieron, M no es sólo la historia del asesino y los detectives. No; envuelve mucho más. Todo una localidad vierte su angustia, sus mitos, sus miedos, sus creencias, y en suma sus planes ante el terrible hecho de tener un asesino rondando las calles. Acá sí nos cuentan qué pasa con la madre cuya hija es asesinada, qué pasa con la tendera, con el mendigo, con el ladrón del barrio… cómo les afecta. M habla también del dilema moral, de la justicia, de qué se debe hacer cuando esta es – a los ojos de algunos-, ineficiente. Y sobre todo, es una película sobre la angustia: la del cazador, la del cazado, la de los que están al lado, porque nadie es indiferente ante un crimen. Y además de todo eso, la actuación de Peter Lorre paga la película. Sin duda alguna, uno de los hitos más importantes de la historia cinematográfica, y al mismo tiempo un filme apasionante hasta el último minuto. 10/10
jueves, 26 de noviembre de 2009
Metrópolis: ¡Moloch! 10/10

La visión que tenemos los Hombres de nuestro porvenir, cambia. Cuando se vive en un mundo cerrado, con poco o ningún acceso a la tecnología, a lo más se puede imaginar eventos relacionados con nuestro prójimo inmediato (familiares, pareja, hijos, amigos), a lo más con nuestra aldea. Cuando los medios entran, irrumpiendo la vida con su estridente carnaval de avances y tecnologías “necesarios”, es difícil, muy difícil, para las almas, no volcarse hacia ellos. Entonces nos llenamos de deseos de aventura y cambio, pero también de posesión. Una frustración interna por todo el “tiempo perdido” parece dominarnos. ¿Cómo podíamos haber vivido en estas pocilgas por tanto tiempo, cuando allá afuera está el mundo –¡ocupado, ocupado, ocupado! ¡Inventando, inventando, inventando!- con sus inefables maravillas? “Ahí mismo, al otro lado del río, hay toda clase de aparatos mágicos, mientras que nosotros seguimos viviendo como burros.” - decimos, con José Arcadio Buendía.
Tal vez sea así, pero, ¿y el amor que nos tenemos entre sí? Cuánto pasa –siempre pasa- que la tecnología, fría y acerosa, nos roba ese contacto con el mundo real, con lo humano, con los sentimientos, con la creación. Lo trueca, en cambio, por un deseo insaciable de tener, de comprender y, sobre todo, de ver y de tocar “lo de fuera”. Es sobre este postulado (tantas veces realidad) que está construida esta fábula maravillosa llamada Metrópolis.
Y... es sólo fantasía. Imaginemos un mundo dividido en dos partes. Los “de arriba” son, bueno, los de arriba. Tienen el poder, el dinero, son individualistas y no les importa la familia, y mucho menos, la comunidad social. Lo dan todo por obvio (for granted). Los de abajo, en cambio, viven en una triste y dolorosa esclavitud, pero tienen esperanza. ¿Dije que era una fantasía? ¡Se parece mucho al mundo real! ¿Y quién puede interceder entre los dos mundos sino la Virgen María… que permita que un hombre se enamore de ella y su bondad, y le llene de hambre de justicia? Pero la María verdadera habrá de ser reemplazada por Eva, la pecadora, la mujer máquina… Y el hombre, entregado a su lujuria y avaricia, le creerá a esta falsa María, quien tergiversará el mensaje de amor.


Es imposible hacerle justicia a Metrópolis. Tiene una carga de sentimientos, de sentido y de profundidad moral y religiosa, que un corto reportaje como éste no puede esbozarlo. Llena de metáforas y alusiones, Metrópolis es una imposible historia en un curiosísimo futuro donde las carreteras se comunican entre los edificios y hay telecomunicación (telepresencia), pero los coches no llegan ni siquiera a ser primitivos escarabajos Volkswagen. Un mundo en el que una máquina gigante da fuerza y energía al mundo real, pero que requiere que los humanos se comporten como puentes de sus circuitos… Y la máquina, no lo dude nadie, es el utilitarista sistema que se alimenta, como Moloch, de la sangre de los hombres.



Las actuaciones son magistrales, sobre todo la de María. Freder manifiesta con su mano en el corazón, mucho más que lo que las palabras pueden decir. Su arrolladora pasión y su extraño afán (esa curiosa manera de correr que tienen las películas antiguas…) le dan al filme un gran dinamismo. Los decorados (fondos) son espectaculares también, muy adelantados para la época.
¡Cómo ha cambiado la visión del futuro! Pero cómo sabemos dentro de nosotros, y sabremos siempre, que el mediador entre la cabeza y las manos ha de ser el corazón. 10/10
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